Pero antes de hablar de quién viene a un curso sobre reuniones, conviene entender cómo las empresas ofrecen este tipo de formación a sus empleados.
Normalmente lo hacen de dos maneras.
En algunos casos, el curso se incluye dentro del catálogo de formación de la empresa, de modo que se apunta quien quiere, quien tiene interés o curiosidad por mejorar cómo participa o dirige reuniones. La desventaja de este sistema es que las personas que realmente generan reuniones ineficientes raramente sienten la necesidad de formarse.
En otras ocasiones, la empresa detecta una necesidad o quiere impulsar un cambio cultural en la forma de reunirse. Entonces decide ofrecer la formación de manera más amplia, con la intención de que las mejoras sean exportables a distintos departamentos y de que poco a poco toda la organización avance hacia reuniones más útiles, mejor preparadas y más efectivas.
Y es aquí donde aparece la pregunta: ¿qué tipo de personas vienen realmente a un curso de reuniones y con qué actitud llegan?
Normalmente encontramos 5 perfiles.
El primero es el de las personas que vienen con interés real. Y dentro de este grupo, hay dos tipos.
Por un lado, están quienes quieren aprender herramientas para salir airosos de situaciones complicadas: gestionar actitudes difíciles, reconducir conversaciones que se desvían, manejar tensiones… En definitiva, quieren poder llevar una reunión con más seguridad y quedar bien cuando las cosas se complican.
Por otro lado, hay un segundo tipo – menos frecuente, pero muy interesante -: personas que quieren mejorar de verdad la calidad de las reuniones. Les interesa aprender a integrar a todos los participantes, a cohesionar al grupo y a conseguir que, cuando la reunión termine, todos salgan con la sensación de que el tiempo ha merecido la pena. Esa prioridad no significa que no reciban con interés todos los tips que centran las expectativas del primer grupo. Son majos, pero humanos y también quieres aprender cómo reconducir con éxito a un negativo crónico.
Y luego está el tercer grupo: los que vienen obligados.
Estos pueden llegar con tres actitudes muy distintas.
Tenemos a los resignados.
Piensan que les han enviado al curso porque alguien cree que hacen mal las reuniones… y, obedientemente, acuden a la formación.
Están también los siempre positivos.
Los del “bueno… siempre se aprende algo”.
Vienen pensando que, aunque nunca se habrían apuntado a un curso de este tipo por iniciativa propia, quizá aparezca alguna idea que les pueda resultar útil.
Y luego están los ofendidos.
Los que entran en la sala pensando:
“¿Yo? ¿Un curso de reuniones? ¡Pero si llevo veinte años haciéndolas!”
Confieso que son con los que más me divierto.
Y lo curioso es que muchas veces son precisamente ellos quienes, al final del curso, descubren que dirigir bien una reunión es bastante más complejo —y bastante más interesante— de lo que parecía al principio.
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